La piel de este niño se caía, mira lo que su mamá tiene que hacer para que no muera



Stephanie Smith pasaba por su segundo embarazo. Como toda mujer que espera la llegada de un hijo estaba asustada y nerviosa, pero no podía ocultar la emoción de sentir una vida creciendo dentro de su vientre. Las pataditas, los movimientos del bebé y el amor que sentía, eran algo que no podía comparar con ninguna otra experiencia. 

Al cabo de nueve meses nació su hijo. Era un varón al que llamó Isaiah. Todo parecía normal; era muy tranquilo, lloraba poco y dormía mucho, como cualquier pequeñito que acaba de llegar al mundo. 



Los primeros dos meses de vida pasaron muy rápido. Isaiah se veía muy sano, hasta que Stephanie le notó un leve enrojecimiento en el rostro. Una mejilla se le llenó de granitos, una especie de sarpullido que molestaba al chico. El médico dijo que era dermatitis, provocada por el perfume del suavizante de telas, del jabón y los desodorantes. 




La familia cambió ciertos productos para el aseo personal de Isaiah y agregó una pomada, con la esperanza de que se aliviara. Al principio el niño mostró leve mejoría, pero a las pocas semanas las erupciones reaparecieron, más agresivas. Tenía la piel muy sensible, y cuando sus padres u otras personas lo cargaban, rompía en un desgarrador llanto; era como si sintiera que su delicada piel se partía. 


Su frágil y delicado cuerpecito estaba débil e irritado. Las erupciones eran más grandes, como llagas enrojecidas. 

Parecía que su piel se derretía, que se le caía a pedazos. Veía yo sus ojos llorosos y no podía evitar pensar en el dolor y la agonía en que se encontraba mi bebé”, mencionó la madre en su blog. 


Stephanie no dejaba que nadie cargara al niño más que ella y su esposo, pues tocarle la piel bastaba para que se le partiera y sangrara. Parecía que mantenerlo vivo significaba torturarlo. Visitó a cerca de 35 doctores. Todos le decían lo mismo: “Es dermatitis, y el contacto con perfumes y suavizantes le hace daño”. Cambiaron a medicamentos, pomadas e inyecciones más fuertes, pero nada calmaba a Isaiah. 

Le recetaron crema de esteroides tópica, que empeoró el dolor. La única forma en que podía descansar y sentir alivio era cuando su madre lo envolvía en una cobija húmeda y lo sumergía en su bañera; el agua tibia le calmaba el malestar. Sólo así dejaba de llorar. 

Recuerda Stephanie: “Mientras todos dormían me sentaba en la cocina y dejaba el agua corriendo por periodos de 30 minutos, sólo así mi pequeño podía descansar. Pero en cuanto lo sacaba comenzaba el llanto de nuevo”.

Yo no podía dormir bien, y la falta de sueño puede afectar tu mente. En más de una ocasión llegué a pensar que si esa era la vida que esperaba a mi pequeño Isaiah, sería mejor que estuviera muerto…


A punto de rendirse, decidió probar una solución alterna. Estaba tan desesperada de que los doctores le dijeran lo mismo; incluso dejó de dar leche materna a su hijo, pues según los médicos ésta le aumentaba el malestar. Un día, buscando en internet encontró varios casos parecidos al de su hijito. Vio cientos de testimonios de madres que pasaron por lo mismo, pero hubo un caso especial que le abrió los ojos. 


Era el de Morgan Bishop, de 5 años. Explorando en la red se dio cuenta de que los padres utilizaron un remedio que resultó sumamente eficaz, y que no tenía nada que ver con pomadas de cortisona y esteroides tópicos. Era una mezcla de hojas de limón y zinc, aplicada con un poco de grasa. 

Era su última oportunidad. Lo hizo y al cabo de unas horas el llanto del bebé era menos intenso. Parecía que todo caminaba bien. 

Sólo la gracia de Dios me mantuvo a salvo de perder la cabeza por completo”, dijo Stephanie con lágrimas en los ojos. Aunque el primer año de vida de Isaiah fue muy duro, lleno de obstáculos y de dolor, al cabo de 10 meses del tratamiento alternativo su mejoría fue notable, su piel había sanado por completo, estaba mucho más suave y ya podía dormir tranquilo.


Hoy Stephanie, por increíble que esto parezca, dejó de darle medicamentos y repite el tratamiento de vez en cuando para evitar que la enfermedad regrese. Gracias a esto puede abrazarlo sin temor, lo mismo que el padre y toda la familia. Ya no tiene miedo de besarlo y demostrarle con caricias todo su amor. Es un niño alegre, adora jugar y ayudar a mamá en la casa, sus pasatiempos favoritos son correr y hacer travesuras. 


Sin duda el amor de los padres y el cariño de una madre a su bebé siempre encontrarán la manera de solucionar cualquier problema. “No importa lo difícil que haya sido, no cambio a mi hijo por nada; tuve momentos de debilidad, lo acepto. Pero nunca me rendí, y me siento feliz de que el día de hoy mi pequeño está completamente sano y feliz”.


Stephanie está convencida de que Isaiah es un ángel, que ha unido a la familia y que con una sonrisa es capaz de transformar su mundo.

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